Luna de lobos

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Luna de lobos
Название: Luna de lobos
Автор: Llamazares Julio
Дата добавления: 16 январь 2020
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Luna de lobos - читать бесплатно онлайн , автор Llamazares Julio

En el oto?o de 1937 cientos de soldados republicanos, huyendo de la amenaza nacionalista que hab?a derrumbado su frente de Asturias, se refugian en las escarpadas monta?as de la Cordillera Cant?brica. Pretend?an escapar de la represi?n del ej?rcito vencedor y esperar el momento para reagruparse e iniciar una nueva lucha o para establecerse en alguna de las zonas del pa?s que a?n permanec?an bajo control republicano.

Algunos de ellos, cuyo origen era leon?s, cruzaron estas enormes monta?as para poder refugiarse en sus pueblos natales y para ver, quiz? por ?ltima vez, a sus seres queridos.

Esta breve novela relata la historia de cuatro de estos soldados que decidieron cruzar la Cordillera Cant?brica para refugiarse en la provincia leonesa: su hogar y su lugar natal.

Estos soldados proced?an de pueblos escondidos entre las escarpadas monta?as leonesas y situados entre el valle del Porma y del r?o Curue?o.

La historia es narrada por uno de ellos, ?ngel. Este es maestro y parece el m?s culto de los cuatro; su hermana y su padre viven en unos de los pueblos de esta zona llamado La Ll?nava.

Los cuatro huidos se refugian en las monta?as que rodean el valle. Primero en una mina abandonada y despu?s en una cueva excavada por ellos mismos. Sobreviven gracias a la caza, la ayuda de sus familiares y alg?n que otro robo. La vida all? no es f?cil para ellos debido a las continuas persecuciones y amenazas nacionalistas. Los soldados de Franco registran peri?dicamente las casas de los pueblos del valle buscando y matando a todos los huidos republicanos. La gente de all? est? asustada, pero muchos de ellos, valientes y justos, se arman de valor para ayudar y socorrer a los que en tiempos pasados hab?an sido sus vecinos y amigos. Otros, por el contrario, prefieren salvar sus vidas siendo fieles al ej?rcito franquista.

Entre todos estos problemas, los protagonistas de esta novela van superando momentos dif?ciles, conscientes de que alg?n d?a, no muy lejano, alguno de ellos podr?a acabar en una cuneta con un tiro en la cabeza asesinado por los soldados nacionalistas.

En la novela, podemos distinguir cuatro periodos en la vida de estos intr?pidos aventureros.

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Y aquí está, delante de mis botas, sin nombre aún, sin fecha hacia el olvido, el cuadro de tierra removida donde, desde esta tarde, está esperándome mi padre.

– Soy yo: Ángel. He bajado.

Capítulo XV

– Quítate esa ropa. Estás empapado.

Lina ha apagado la luz y ha cerrado con llave las puertas de la calle. Ahora atiza el rescoldo de la lumbre y una sustancia roja se levanta desde el fondo del fogón iluminando su rostro somnoliento y duro. Estaba ya en la cama.

– ¿El niño?

– Durmiendo. Habla bajo.

Lina mete mis botas en el horno y extiende sobre el cuadro de la trébede la ropa y el capote. Me trae luego un pantalón y una camisa, anchos, excesivamente grandes.

– Eran de Gildo -dice.

Poco a poco, voy entrando en calor. Poco a poco, voy arrancándome del alma la huella de la niebla que atraviesa ahí afuera la noche de noviembre con su cuchillo helado.

Lina, despeinada y cubierta con un camisón blanco, se sienta junto a mí, en el extremo del escaño. Está muy pálida, más delgada, y un mar de arrugas infinitas, profundizadas por el sueño, surca su cara. Pero quizá eso mismo contribuye a acentuar todavía más la belleza dura y extraña de esta mujer que avanza ya, completamente sola, hacia la frontera de los cuarenta años.

Esta mujer que ni siquiera en los momentos más difíciles me ha abandonado.

– ¿Cómo estás, Ángel?

– Cansado. Cada vez más.

– El invierno está ya ahí fuera. Pronto va a nevar.

Sobre la chapa del fogón el agua de la ropa levanta gotas de humo, blancas burbujas que se deshacen en el hierro sin haber nacido aún. Como las grietas de la niebla. Como mi voz en el silencio gris de esta cocina:

– No sé cuánto podré aguantar ya.

– ¿Sabes?

– ¿Qué?

– ¿Sabes lo que dice la gente? -Lina cambia de postura; se mueve, incómoda, en el escaño. Evita mis ojos para decirme-: Dicen que lo mejor que podrías hacer es beberte una botella de coñac y pegarte un tiro.

Se ha quedado mirándome con el pulso en suspenso. Como asustada de lo que acaba de decirme. Como asustada de sí misma.

Se ha quedado mirándome como si ésta fuera la primera vez que me hubiera visto.

Antes de marchar, me tapa con una manta y atiza por última vez las brasas mortecinas. Me había quedado dormido.

– Te llamaré a las cinco. Duerme tranquilo.

– Lina.

– ¿Qué?

– Diles que no soy un perro. Díselo, Lina.

Tumbado en el escaño, escucho sus pasos por la escalera, el crujido de las tablas encima de la cocina, el ruido de la cama al recibirla. Tumbado en el escaño, oigo durante un rato su respiración solitaria y profunda. Y, sin saber por qué, me duermo con la oscura sensación de estar traicionando la memoria del hombre cuya ropa llevo encima.

Cerca de Fuente Amarga, por los tejares solitarios de Respino, un olor a quemado me detiene, inmoviliza mis pasos y mi respiración. Es un olor a humo lejano, muy lejano, deshecho entre los hilos de la niebla.

Desde lo alto de una roca, la metralleta ya empuñada, olfateo como un lobo la soledad de la noche, escucho atentamente los sonidos del monte a mi alrededor. Pero la niebla lo borra todo, borra y confunde olores y sonidos en un tejido único. Deshace las distancias en un fantasmagórico temblor.

Imposible conocer el origen del fuego. Imposible adivinar la dirección del humo.

Algún pastor habrá hecho lumbre en algún sitio.

Ha sido en la collada, abandonados ya los piornales y los robles del camino, donde una ráfaga de humo más espeso, más negro y definido, me ha arrojado entre las urces, me ha aplastado contra el suelo, sobre la grama dura y helada. Ninguna hoguera arde, solitaria y lejana, bajo la niebla. No hay pastores ni arrieros calentándose a la lumbre en ningún sitio. El fuego está ahí al lado, frente a mí. El fuego está ahí al lado: en las cortadas verticales de la peña. Y el humo sale a bocanadas por la abertura oculta de la cueva.

De pronto, la metralleta ha dejado de ser una simple boca de muerte dispuesta a matar. De pronto, la metralleta se ha convertido en un relámpago de hierro que se arrastra velozmente hacia los robles huyendo de la collada y su indefensión. Bajo la escarcha roja va dejando un reguero de hojas. Entre los claros de las retamas va descubriendo las señales violadas que yo ayer dejé a